Blog del CCI

lunes, 20 de junio de 2016

Incidencias y graves consecuencias

A principios de año le mencioné el “Caso Bellingham” con la promesa de contárselo en mayor detalle en las siguientes semanas. Transcurridos varios meses, tal vez sea, ahora, el momento de hacerlo ...

… Ni Frank Hopf, hijo, por entonces vicepresidente de la Olympic Pipe Line Company; ni mucho menos el pequeño Wade King, de diez años recien cumplidos, ni su amigo Stephen Tsiorvas, también de diez años; ni siquiera Liam Wood, de dieciocho, sabían lo que les depararía el día, cuando se despertaron en la mañana del 10 de junio de 1999.

Aquel día Liam había decidido ir a pescar al arroyo Whatcom, un riachuelo que fluía por el Parque de la Cascada Whatcom (Washington, EEUU). Por su parte, los jóvenes Wade y Stephen prefirieron pasar aquel primaveral día en la ribera del río, cerca de su confluencia con el arroyo Hannah.

Desgraciadamente, a eso de las 3:28 de la tarde tuvo lugar la cadena de fatales acontecimientos: el oleoducto operado por Olympic se rompió a causa de una sobre-presión, expulsando miles de litros de gasolina al arroyo Hannah y, posteriormente, al Whatcom. Liam fue el primero en morir: los vapores de la gasolina lo alcanzaron y provocaron su ahogamiento, mientras estaba en el río. Más tarde, esos mismos vapores se prendieron causando una explosión que alcanzó a Wade y a Stephen. Ambos morirían al día siguiente a consecuencia de las graves heridas recibidas.

Los sistemas de supervisión y control del oleoducto no fueron las [únicas] causas del accidente  -la falta de mantenimiento y unos trabajos de excavación cercanos fueron motivaciones más directas-;  pero una adecuada operación del SCADA podría haber evitado algunas de las fatales consecuencias, tal y como señaló el informe de la investigación llevada a cabo por el Consejo Nacional para la Seguridad en el Transporte, de los EEUU.

Pero volvamos al Sr. Hopf. Él, junto a otros dos empleados de Olympic, fue imputado por los sucesos de Bellingham y, finalmente, condenado a prisión.

La historia de Bellingham muestra, una vez más, que los directivos deben rendir cuentas  -y, a veces, de hecho, parecen hacerlo-  por el mal uso que recibe la tecnología en sus respectivas organizaciones. Esto toma especial relevancia en el ámbito industrial, máxime en un momento en que los ciberriesgos a que las empresas tienen que hacer frente están alcanzando sus cotas más altas.

Por ello, los directivos, y los profesionales en general, deben, entre otras cosas, mantener la debida cautela sobre la información que hacen pública en la Red, a fin de evitar revelar información corporativa crítica, ya sea en redes sociales, ya a través de trabajos académicos o por otras vías de divulgación.

En concreto, esta semana hemos optado por prestar atención al sector aeronáutico y a cómo está acogiéndose a las buenas prácticas de ciberseguridad.

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